Lazzaro Feliz, o una religión basada en la humanidad

 

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Lazzaro feliz (Lazzaro felice, Alice Rohrwacher, 2018)

Alice Rohrwacher dice haber conocido a muchos Lazzaro viajando por su país, personas buenas en esencia y por naturaleza, sin serlo voluntariamente. «Simplemente son así, y esa cualidad les hace quedarse en segundo plano para dejar espacio a los demás y no molestar o hacerse notar. No pueden llamar la atención, ni saben cómo hacerlo. Ellos son los que realizan los trabajos más ingratos de la humanidad, resolviendo los conflictos y ordenando las cosas que otros distraídamente pasan por alto, aunque nadie valore su intervención».

Lazzaro feliz es la fábula de una santidad menor, sin milagros, sin superpoderes, sin efectos especiales. Es la virtud de vivir en este mundo sin pensar mal de nadie y simplemente creer en los seres humanos. Rohrwacher, su directora, usa las aventuras del protagonista para contar, de la forma más amable posible, la tragedia que ha devastado a su país, Italia; el paso de una edad media histórica a una edad media humana: el final de la civilización rural, la migración de los límites de la ciudad de miles de personas que no conocían nada de la modernidad.

La cineasta  nos presenta la película rodada en 16 mm, con una textura porosa que se mimetiza con la vida de los personajes. Juega, además, con la temporalidad, haciéndonos creer estar en una década lejana a la realmente presentada, a través de una estructura narrativa de un riesgo admirable, dada en las vanguardias cinematográficas de los años veinte, que se apoya de forma paralela en las fases lunares.

Lazzaro, un joven campesino de excepcional bondad, vive en La Inviolata, una aldea que ha permanecido alejada del mundo y es controlada por la Marquesa Alfonsina de Luna. Allí, la vida de los campesinos no ha cambiado nunca. Todos ellos son explotados y, paradójicamente, todos, a su vez, abusan de la bondad de Lazzaro hasta el verano en el que conoce a Tancredi, el hijo de la Marquesa. Ambos forjan una amistad y entre ellos surge un vínculo que hará viajar a Lazzaro a través del tiempo y le llevará a conocer el mundo moderno.

La historia nos mueve hacia el realismo mágico y, al mismo tiempo, al neorrealismo italiano de Rossellini y Vittorio de Sica, en el que los cineastas rescataron a personas de a pie de su rutina para trasladarlas a la gran pantalla, acto que  Rohrwacher  rescata en el film de la mano de Adriano Tardiolo, el actor protagonista, que fue seleccionado en un casting de una escuela secundaria pública en Orviento, entre más de mil adolescentes sin haber actuado antes, y de Luca Chikovani, que da vida a Tancredi y que fue seleccionado del fenómeno YouTube.

Muchos libros y películas hablan sobre el destino de los héroes que luchan contra la injusticia, que les hace transformase y querer cambiar el mundo. Nuestro protagonista, sin embargo, no puede cambiarlo y su santidad no puede ser valorada. Tendemos a imaginar a estas personas santas, fuertes y con carisma, capaces de imponerse. Rohrwacher, sin embargo, nos cuenta cómo, tal vez, si un santo apareciese en nuestras vidas hoy día, ni siquiera lo reconoceríamos o quizá nos libraríamos de él sin pensarlo dos veces. Se habla, en Lazzaro feliz, de un tipo de religión basada en la humanidad, no de una religión oficial bien administrada por togas deslumbrantes y reglas semanales.

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